Xenofobia y periodismo: Colombia y la migración venezolana

10.5294/pacla.2019.22.1.1


Presentación

¿Hacia dónde vamos?

Where are we heading to?

Para onde vamos?


Elías David Suárez Sucre1

1 http://orcid.org/0000-0002-0353-015X. Universidad de La Sabana, Colombia. elias.suarez@unisabana.edu.co



El imaginario colectivo ha catalogado al académico como un ser cuya vocación se encuentra enmarcada en la producción, transmisión y conservación del conocimiento; lo vislumbra con una vida consagrada a dictar clases, investigar y dar las bases para la aplicación de prácticas de los saberes; como quien ve a la universidad como un espacio de excelencia donde cohabitan las mentes más brillantes y donde se perfilan los avances científicos que moldearán el futuro de la sociedad; y quien considera que el desarrollo de la ciencia se sitúa por encima de todas las ideas de desarrollo. Pero ¿qué tan cierto es esto en la práctica?, ¿son las universidades latinoamericanas de hoy mecas del conocimiento?, ¿son la ciencia moderna y el avance tecnológico que esta trae la respuesta a todos nuestros problemas?

Si bien la universidad surgió como una institución cuyas funciones sustanciales se orientaban al desarrollo del intelecto, desde sus orígenes filosóficos y teológicos hasta la diversificación de sus saberes, se ha obligado a transformarse para suplir las demandas de los contextos sociales a través de la historia. Un ejemplo claro se vio en la crisis de la universidad medieval, que se encargaba de una transmisión más cultural que científica y relegaba la investigación a unas cuantas personas aisladas del panorama general. A causa de la exigencia social de profesionales y científicos, diversos cambios estructurales aparecieron en la universidad: se pasó de un modelo en el que docentes e investigadores dejaron de ser figuras separadas que demandaba que quien se encargaba de transmitir el conocimiento no solo tomara lo existente, sino que también debía dedicar parte de su tiempo a producir nuevos saberes. Otros cambios se han incorporado en los últimos siglos, de modo que uno de los más significativos, desde mi punto de vista, es la aparición del profesor administrativo, en cuyas manos pueden recaer, no solo las responsabilidades de generar y transmitir conocimiento, sino también las de mantener el funcionamiento estructural de la universidad.

Con el fortalecimiento de las políticas neoliberales en América Latina y algunos otros países del mundo, la universidad también se desligó profundamente del Estado, dando paso a organizaciones con los mismos fines, pero con modelos propios, que no solo han diversificado aún más las funciones sustanciales del profesor, sino que también han logrado diseñar nuevas figuras dentro y entre estas, de modo que la de mayor rango en la mayoría de los casos es la del profesor capaz de transmitir hábilmente su saber y sus valores para formar profesionales íntegros, llevar partes de las riendas administrativas que sostienen la universidad y en el tiempo restante intentar publicar sus aportes a la generación de nuevo conocimiento.

Incluso con todas estas instancias del ejercicio académico en el exigente mundo actual, algunos pocos superan los obstáculos que pueden presentarse en los requerimientos de revistas y editoriales, y de las condiciones laborales que se les imponen, logrando el cometido de su labor y siendo capaces de hacer aportes sustanciales al desarrollo científico. Sin embargo, mucho de lo que se publica hoy día desde la academia tiene poco impacto en la manera en la que vivimos.

Las mismas dinámicas sociales que han generado cambios estructurales en las universidades han obligado a las organizaciones empresariales a no depender de estas para su desarrollo científico, y a generar conocimiento más rápido y con mayor aplicabilidad que lo que el investigador universitario puede lograr con los recursos que tiene a la mano.

El conocimiento se democratiza, generándose y compartiéndose desde muchos otros lugares distantes de la universidad: cursos virtuales, programas profesionalizantes y de posgrados a distancia e, incluso, tutoriales en todos los formatos, sin ninguna formalidad están empezando a tomar un rol fundamental en la formación de los técnicos, profesionales, magísteres y doctores de hoy. Por otro lado, el auge del emprendimiento y otras formas de economía invitan a formarse bajo demanda y no solo sobre elaborados programas académicos estructurados en rigurosos andamiajes epistemológicos que muchas veces son opacados por una promesa intangible que posiciona a la universidad como una marca comercial que intenta garantizar la idoneidad de los profesionales que gradúa, sustentándola en su capacidad para crear espacios que permitan la generación del capital relacional y político de quienes hacen parte de sus programas, sus recursos económicos y el alcance de su publicidad. Estos fenómenos parecen estarles exigiendo a nuestras universidades una transformación que les permitan adaptarse o desaparecer del imaginario colectivo como los centros donde se origina el conocimiento científico.

Mientras en las ciencias sociales una parte de la academia trata de comprender a una sociedad que evoluciona más rápido que la capacidad y las herramientas para abordarla como objeto o “sujetos” de estudio, del otro lado, en las predominantes ciencias naturales, las capacidades y herramientas para transformar la naturaleza parecen avanzar más rápido que la capacidad de esta para adaptarse a la intervención humana. La ciencia moderna logró separar la concepción del ser humano de la naturaleza que lo rodeaba hasta el punto de que llegamos a pensar que no importaban los cambios que hiciéramos a nuestro alrededor; estos solo estaban encaminados a facilitarnos la vida y asegurarnos un mejor futuro. Pero las evidencias sugieren que nos equivocamos. Nos encontramos enfrentando las consecuencias de los avances tecnológicos que por muchos años parecieron hacer más fácil las cosas, pero que silenciosamente cambiaban su orden natural. Seguimos detrás de la cola de los planteamientos científicos del siglo XX y poco avanzamos en adaptarlos a las emergentes dinámicas sociales que estos generaron. Han emergido otras maneras de comunicarnos, de aprender, de hacer política, distintas concepciones de valor, culturas y economías, pero ¿ha cambiado la manera en la que investigamos, los métodos que usamos, los modos en que interpretamos los datos y las formas en las que enseñamos lo que aprendemos? ¿Más allá de usar sistemas computacionales para acceder y leer datos estamos innovando en nuestra labor? ¿Y, especialmente, son las universidades latinoamericanas actuales lugares propicios para ejercerla? Es necesario ampliar la reflexión frente al lugar de la universidad en la sociedad y la labor del profesor dentro de ella. Tal vez estamos ante la oportunidad de construir nuevos caminos para el conocimiento científico tanto desde las explicaciones del mundo natural como desde las comprensiones e interpretaciones de nuestras realidades sociales.



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