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Artículos
William Porath 1
Daniela Grassau 2
Soledad Puente 3
Constanza Ortega-Gunckel 4
1
0000-0003-0677-2928.
Pontificia Universidad Católica de Chile, Chile.
wporath@uc.cl
2
0000-0001-7846-8322.
Pontificia Universidad Católica de Chile, Chile; Núcleo Milenio para el Estudio de la Política, Opinión Pública y Medios en Chile, Chile.
dgrassau@uc.cl
3
0000-0002-4978-4729.
Pontificia Universidad Católica de Chile, Chile.
spuente@uc.cl
4
0000-0001-9182-3827.
Pontificia Universidad Católica de Chile, Chile; Instituto Milenio Fundamentos de los Datos, Chile.
cortega1@uc.cl
Recibido: 30/11/2024
Enviado a pares: 23/01/2025
Aceptado por pares: 24/03/2025
Aprobado: 05/05/2025
Para citar este artículo / to reference this article / para citar este artigo: Porath, W., Grassau, D., Puente, S. y Ortega-Gunckel, C. (2025). Repercusiones de la inseguridad en el periodismo chileno: análisis jerárquico del impacto del estallido social y la pandemia de covid-19. Palabra Clave, 28(3), e2832. https://doi.org/10.5294/pacla.2025.28.3.2
Resumen
El artículo analizó las repercusiones de la inseguridad en el periodismo chileno tras lo ocurrido durante el estallido social de 2019 y la pandemia de covid-19, aplicando el modelo de jerarquía de influencias de Shoemaker y Reese. Estos eventos impactaron diversos niveles del ejercicio de la profesión: individual, rutinas, organizacional, institucional y social. A través del análisis cualitativo de 50 entrevistas en profundidad con editores de prensa, radio, televisión y medios digitales, se identificaron diversas amenazas específicas en cada nivel: físicas y psicológicas en los niveles social, individual y de rutinas; inseguridad tecnológica en los niveles de rutinas y organizacional e inseguridad financiera en los niveles extramediales. En conjunto, los hallazgos muestran cómo estas formas de inseguridad no solo afectaron el trabajo periodístico durante las crisis, sino que dejaron efectos persistentes que han redefinido prácticas, vínculos con las fuentes y formas de organización editorial. Por ejemplo, se observan unas nuevas formas de autocensura, una reducción sostenida del trabajo en terreno, la consolidación del teletrabajo como forma organizativa, una creciente dependencia de fuentes institucionales y una desconfianza social que continúa debilitando la legitimidad del periodismo. Estas transformaciones evidencian la necesidad de comprender la inseguridad como un fenómeno interconectado y multidimensional, que demanda un abordaje integral que considere esta complejidad.
Palabras clave: Periodismo; inseguridad; Chile; jerarquía de influencias.
Abstract
This article analyzed the repercussions of insecurity in Chilean journalism following the events of the 2019 social outbreak and the COVID-19 pandemic, applying Shoemaker and Reese's hierarchy of influences model. These events impacted various levels of the profession: individual, routines, organizational, institutional, and social. Through qualitative analysis of 50 in-depth interviews with editors from print, radio, television, and digital media, specific threats were identified at each level: physical and psychological threats at the social, individual, and routine levels; technological insecurity at the routine and organizational levels; and financial insecurity at the extramedia levels. Collectively, the findings demonstrate how these forms of insecurity not only affected journalistic work during the crises but also left lasting effects that have redefined practices, relationships with sources, and editorial organization. For instance, new forms of self-censorship, a sustained reduction in field reporting, the consolidation of telework as an organizational model, growing reliance on institutional sources, and social distrust that continues to undermine journalism's legitimacy were observed. These transformations highlight the need to understand insecurity as an interconnected and multidimensional phenomenon, requiring a comprehensive approach that considers this complexity.
Keywords: Journalism; insecurity; Chile; hierarchy of influences.
Resumen
O artigo analisou as repercussões da insegurança no jornalismo chileno após o ocorrido durante o surto social de 2019 e a pandemia de covid-19, aplicando o modelo de hierarquia de influências de Shoemaker e Reese. Esses eventos impactaram diversos níveis do exercício da profissão: individual, rotineiro, organizacional, institucional e social. Por meio da análise qualitativa de 50 entrevistas em profundidade com editores da imprensa, rádio, televisão e mídia digital, foram identificadas várias ameaças específicas em cada nível: física e psicológica nos níveis social, individual e rotineiro; insegurança tecnológica nos níveis rotineiro e organizacional; e insegurança financeira no nível extramidiático. Em conjunto, os resultados indicam como essas formas de insegurança não apenas afetaram o trabalho jornalístico durante as crises, mas também deixaram efeitos persistentes que redefiniram práticas, vínculos com fontes e formas de organização editorial. Por exemplo, observam-se novas formas de autocensura, uma redução sustentada do trabalho de campo, a consolidação do teletrabalho como forma organizacional, uma crescente dependência de fontes institucionais e uma desconfiança social que continua a enfraquecer a legitimidade do jornalismo. Essas transformações evidenciam a necessidade de compreender a insegurança como um fenómeno interconectado e multidimensional, o que demanda uma abordagem abrangente que considere essa complexidade.
Palabras clave: Jornalismo; insegurança; Chile; hierarquia de influências.
Introducción
El aumento de ataques, amenazas y presiones hacia periodistas a nivel global ha puesto en evidencia la gravedad de la crisis de seguridad que atraviesa el oficio (Waisbord, 2020). El vínculo entre el periodismo y el riesgo no es nuevo; tradicionalmente, se ha asociado a la profesión con cierto grado de exposición al peligro, en especial, en coberturas excepcionales, como conflictos armados o desastres socionaturales (Barrios y Miller, 2021; Feinstein et al., 2018; Guo, 2022; McMahon, 2010). No obstante, esta visión ha limitado la comprensión de la inseguridad periodística al enfocarse casi exclusivamente en la protección física, desatendiendo otras dimensiones, como las emocionales, psicológicas y estructurales (Seleey, 2019).
El problema de la in/seguridad a nivel global está transformando el modo en que los periodistas ejercen su trabajo (United Nations Educational, Scientific and Cultural Organization [Unesco], 2022). En Chile, este fenómeno se ha asociado fundamentalmente a riesgos vinculados con la precariedad de la profesión, incluyendo, inseguridad laboral y económica, y con ciertas presiones de grupos de poder; sin embargo, se ha discutido menos sobre la inseguridad física y emocional de los periodistas. En los últimos años, dos crisis consecutivas: el llamado estallido social de 2019 y la pandemia de covid-19, aumentaron la posibilidad de exposición a este tipo de riesgos a periodistas con escaso o nulo entrenamiento formal para enfrentarlos. Ambas crisis coparon la agenda mediática, por lo que los periodistas tradicionalmente dedicados a áreas distintas de la contingencia debieron no solo adaptarse para cubrirlas, también exponer su seguridad y las de sus entornos al tener que trabajar en entornos violentos, con severas restricciones de acceso a fuentes y eventos, y temor al contagio, entre otros.
Estos acontecimientos afectaron a los periodistas a un nivel personal al mismo tiempo que alteraron sus rutinas profesionales (Monje et al., 2020) e incidieron tanto en las decisiones a nivel organizacional (Lazcano-Peña et al., 2023) como institucional (Grassau et al., 2024). El contexto sociopolítico cambió drásticamente el modo en que los medios de comunicación se relacionaban con la información y las audiencias (Herrscher, 2019, citado en Chamorro Maldonado y Morales Guerrero, 2022).
En este marco, este estudio toma como referencia el modelo de jerarquías de influencias de Shoemaker y Reese (2014) como marco para analizar cómo distintos niveles del ejercicio periodístico (individual, rutinas, organizacional, extramedial y social) se ven afectados por la inseguridad en contextos de crisis. Específicamente, este trabajo tiene como objetivo general reflexionar sobre en qué medida estas dimensiones han sido afectadas por la inseguridad, cómo el contexto de crisis exacerba esta influencia y cuáles son las consecuencias a largo plazo que estos eventos detonaron en el ejercicio del periodismo en Chile y se mantienen hasta hoy.
Para ello, se trabajará con el análisis cualitativo de 50 entrevistas en profundidad realizadas a editores de medios de comunicación de distintos soportes que participaron activamente en la cobertura de estos eventos. A partir del relato de estas figuras, seleccionadas debido a su rol en la cadena de mando de los medios, se propondrá un modelo que detalla el impacto de la inseguridad en los cinco niveles de la jerarquía de influencia. Los hallazgos permitieron identificar desafíos específicos en cada nivel, documentando las adaptaciones implementadas por los profesionales y las organizaciones mediales para lidiar con situaciones adversas. El análisis revela no solo los obstáculos, sino también las estrategias de resiliencia adoptadas, y reflexiona sobre el impacto de estas en el periodismo chileno a largo plazo.
Marco teórico
Periodismo, inseguridad y sus efectos
Para hablar de inseguridad en el periodismo, primero, debe definirse seguridad, ya que la primera ocurre cuando tales condiciones no se cumplen. La Unesco (2018) considera que la seguridad en el periodismo son todas las condiciones y medidas necesarias para garantizar que los profesionales de la información puedan ejercer su trabajo sin temor a amenazas, violencia o represalias, en entornos que abarcan, por lo menos, cuatro dimensiones: física, jurídica, digital y psicológica. Por lo anterior, según Free Press Unlimited (2017), la seguridad es una condición previa, sine qua non, para que los periodistas y los medios puedan servir al público.
Slavtcheva-Petkova et al. (2023) definen la seguridad del periodismo en dos dimensiones principales: personal (física y psicológica) e infraestructural (digital y financiera). Estas dimensiones pueden tener un carácter objetivo o subjetivo, y están influenciadas por factores de riesgo individuales (micro), organizacionales (meso) y sistémicos (macro), que se derivan de las dinámicas de poder. Diversos trabajos coinciden con esta mirada y se refieren a elementos de la dimensión personal física, que incluyen la protección contra daños corporales, como agresiones, arrestos, torturas, ataques sexuales y otras formas de violencia (Freedom House, 2017), así como amenazas biológicas y climáticas, como los riesgos durante la pandemia de covid-19 y la cobertura de desastres (Puente et al., 2013). La dimensión psicológica ha sido proporcionalmente menos estudiada que la física y sus principales focos se han centrado en el bienestar mental y emocional, abordando problemas como el acoso, la intimidación, la extorsión, el discurso de odio y las tareas potencialmente traumatizantes, en especial, en el caso de mujeres periodistas, quienes enfrentan formas de violencia más frecuentes y con un fuerte componente de género (Charles, 2022; Hughes et al., 2021; Miller, 2023).
Diversos trabajos han abordado también elementos de la dimensión infraestructural, refiriendo, por un lado, las amenazas digitales, como ataques de piratería, vigilancia y restricciones en el acceso a la información, y, por otro, subrayando la urgencia de estudiar los "efectos paralizantes multifacéticos de los ataques en línea" (Alarcón Luco et al., 2022). Por otra parte, existe profusa literatura respecto de las amenazas financieras que resultan en condiciones laborales precarias que socavan la base del periodismo, reflejándose en el desempleo, la pérdida de ingresos y las condiciones laborales inestables (Matthews y Onyemaobi, 2020; Rick y Hanitzsch, 2023; Slavtcheva-Petkova et al., 2024). Rick y Hanitzsch (2023) examinan la seguridad y la inseguridad a través de un modelo teórico que destaca cómo los periodistas perciben sus condiciones de trabajo en medio de un aumento de la precariedad laboral. Su modelo sugiere que tanto las responsabilidades familiares como los rasgos de personalidad son factores subjetivos clave que influyen en la percepción de la precariedad. Además, estas percepciones varían según las etapas de vida. Por tanto, la experiencia de la precariedad es diferenciada y está influida por circunstancias personales y contextuales.
Si bien la inseguridad en el periodismo puede ser entendida desde diferentes dimensiones, existe bastante consenso respecto de que se trata de amenazas y riesgos que interfieren con el ejercicio de la profesión. Para comprender mejor cómo estos riesgos interactúan y se perpetúan, se propone analizar esta inseguridad en atención a los destinos niveles de influencia que intervienen en el proceso periodístico, para lo cual el modelo de jerarquía de influencias de Shoemaker y Reese (2014) se presenta como una alternativa.
Periodismo e inseguridad desde el modelo de jerarquía de influencias
El modelo de jerarquía de influencias, propuesto inicialmente por Shoemaker y Reese (2014), describe cómo los factores que afectan la práctica del periodismo operan en distintos niveles que se entrelazan, influyendo tanto en las rutinas de los periodistas como en los productos informativos. Estos niveles incluyen el individual, las rutinas profesionales, el organizacional, el extramedial y el social en cuanto marco cultural. Esta propuesta deja claro que la entrega de información por parte de este sistema depende de un entramado de fuerzas que ejercen presión desde distintos niveles (Reese y Shoemaker, 2016).
En el contexto de la inseguridad, este modelo es útil para entender cómo el entorno de riesgo impacta el trabajo periodístico y los periodistas. A nivel individual, los periodistas experimentan amenazas físicas y psicológicas que los afectan directamente, llevando a buscar formas de protegerse, como no salir a la calle o autocensurarse, para garantizar su propia seguridad (Ivask et al., 2023; Kim y Shin, 2025). Según Tejedor et al. (2022), la inseguridad conduce a una menor predisposición a cubrir temas polémicos, lo que se traduce en una reducción de la calidad informativa y en una cobertura más superficial de asuntos complejos. De la misma forma, las medidas tomadas para hacer frente a estas situaciones afectan la capacidad de los periodistas para actuar de manera independiente (Hamada, 2021; Monje et al., 2020).
En las rutinas periodísticas, la inseguridad obliga a los periodistas a cambiar sus métodos de trabajo para minimizar riesgos, lo cual afecta tanto la profundidad como la calidad de la información (Connolly, 2024; Mesquita y de-Lima- Santos, 2023). Los periodistas en contextos de inseguridad tienden a evitar las zonas de conflicto. Además, suelen preferir fuentes que no impliquen riesgos personales, lo que limita la investigación en terreno y reduce el acceso a información de fuentes primarias (Hertzum, 2022; Moges, 2021). Esto puede generar una cobertura menos detallada y homogénea del contenido periodístico.
A nivel organizacional, las empresas de medios también influyen en cómo la inseguridad afecta al periodismo (Plotner y Ferrucci, 2024). Las organizaciones muchas veces carecen de los recursos necesarios para proteger a sus reporteros, lo que resulta en restricciones internas sobre qué puede y no puede cubrirse (Tejedor et al., 2022).
A nivel extramedial, las políticas y estructuras de los medios a menudo se ven condicionadas por el temor a represalias de actores poderosos. Relly y González de Bustamante (2014) señalan que la presión ejercida por actores externos, como el Gobierno o grupos delictivos, puede llevar a una autoimposición de límites que restringen la libertad periodística.
En el nivel macro, las fuerzas sociales y culturales también influyen en cómo los periodistas perciben su propia seguridad y la forma en que el periodismo se practica en contextos de inseguridad (Hamada, 2021). Factores como la cultura de la violencia y la impunidad han generado un entorno donde la práctica periodística no solo es peligrosa, sino que también lleva a normalizar la falta de protección hacia estos profesionales, trayendo como consecuencia que los periodistas asuman estas condiciones de inseguridad como una parte inevitable de su carrera (Örnebring, 2018).
En consideración a estos antecedentes, este trabajo propone que el modelo de jerarquía de influencias de Shoemaker y Reese (2014) funciona como marco de sentido eficiente para organizar y entender el impacto de la inseguridad sobre la práctica periodística a distintos niveles. Específicamente en el contexto chileno, esta propuesta se presenta como una posibilidad de reflexionar sobre el impacto de la inseguridad exacerbada en un contexto de dos crisis consecutivas (el estallido social de 2019 y la pandemia de covid-19) sobre el periodismo y los cambios a largo plazo derivados de este contexto.
El caso de Chile: dos crisis consecutivas
Si bien el periodismo chileno está relativamente acostumbrado a enfrentar lo que conocemos como coberturas de crisis, estas han estado tradicionalmente ligadas a la frecuente ocurrencia de desastres (Chandía Garrido et al., 2018; Saldaña, 2019), que van, desde inundaciones, erupciones volcánicas, incendios forestales, hasta terremotos de gran magnitud. Sin embargo, los últimos años han sido particularmente desafiantes para la profesión, pues, por un lado, estuvieron marcados por una creciente tensión sociopolítica (Barozet et al., 2021), que derivó a fines de 2019 en el llamado estallido social y, por otro, porque, en medio de este contexto, debieron enfrentar la pandemia de covid-19. Ambos eventos forzaron a medios y periodistas a ajustar sus métodos de trabajo en medio de circunstancias cambiantes (Grassau et al., 2023).
El estallido social de octubre de 2019 comenzó como una serie de manifestaciones encabezadas por estudiantes secundarios a causa de un aumento de tarifas del transporte público en la capital (Grez, 2019; Ivanova y Almendras, 2021). Lo que partió como una protesta de escolares saltándose los torniquetes del metro, el 18 de octubre se tradujo en el incendio de varias estaciones del tren subterráneo, barricadas, calles colapsadas, cacerolazos, mucha incertidumbre, toque de queda y la salida de fuerzas militares a las calles (Avendaño, 2019). La situación rápidamente escaló en la mayor manifestación nacional que ha visto Chile desde su retorno a la democracia, con más de tres millones de personas marchando por las calles el 25 de octubre (Heiss, 2021), para derivar en una crisis que se extendió por meses y estuvo marcada por protestas violentas, vandalismo sobre infraestructura pública y privada, saqueos, fuerte intervención policial y múltiples fuentes de desinformación (Bachmann et al., 2022). Durante ese periodo, parte importante de la ciudadanía exigió demandas refundacionales asociadas con la dignidad, con enfrentar la desigualdad y con exigir mejoras en pensiones, salud, educación, trabajo, vivienda, entre otros (Madeira, 2022; Sanhueza y Folchi, 2019). La salida política a la crisis fue un acuerdo multipartidista para iniciar un proceso de reforma de la Constitución (Méndez et al., 2020; Morales Quiroga, 2020).
Pese a este acuerdo, la tensión política y social se mantuvo por meses en prácticamente todo el territorio, donde era posible observar zonas completas rayadas con consignas vinculadas a demandas sociales, edificios destruidos, negocios cerrados y barrios "tomados" por los manifestantes. Durante casi cinco meses, cada viernes se congregaron miles de personas en las calles para protestar, en medio de una alta conflictividad social marcada por una profunda división entre la ciudadanía (el pueblo) y las élites (privilegiadas), que significó, al menos, 3442 personas heridas (Instituto Nacional de Derechos Humanos [INDH], 2019). En ese contexto, los medios de comunicación no solo se enfrentaron a un entorno de trabajo desafiante, sino amenazante, pues, a ojos de muchos de los manifestantes, los medios y periodistas eran representantes de esas élites que rechazaban y, por lo mismo, sujetos e instituciones que podían atacar.
En este clima de agresión, es que el país enfrentó la llegada de la pandemia de covid-19. El 3 de marzo de 2020, se confirmó el primer caso de contagio del virus en Chile, y el 18 de ese mes, el Gobierno decretó estado de excepción constitucional de catástrofe, el cual mantuvo por un año y medio (Aguilera et al., 2022). En ese periodo, se suspendieron las actividades presenciales, se cerraron las fronteras, se decretó un confinamiento absoluto para la población, se establecieron medidas estrictas de restricción de la movilidad y se impuso un toque de queda nocturno, entre otras medidas (Freira-Flores et al., 2021; Mila-Maldonado y Soengas-Pérez, 2021). El cambio en la forma de enfrentar la vida fue total en uno de los contextos más estrictos a nivel global para enfrentar la emergencia.
En este escenario, los medios debieron adaptar nuevamente su forma de trabajo, con equipos de periodistas que ya se encontraban exhaustos y sometidos a un gran estrés debido a las condiciones inseguras de la cobertura del estallido social. La intensidad con que estas crisis consecutivas expusieron al periodismo chileno, al incrementar la inseguridad y los riesgos asociados con la cobertura, pusieron en evidencia la necesidad de entender cómo estos actores hicieron frente a estos desafíos, cuáles fueron los ámbitos del trabajo profesional más afectados y qué consecuencias a largo plazo dejaron estos eventos. A partir de ello, esta investigación busca indagar las respuestas del sistema de medios frente a estos factores y las consecuencias que estas experiencias dejaron en los distintos planos del trabajo profesional.
Metodología
Este estudio examina cómo las condiciones de inseguridad generadas por el estallido social y la pandemia de covid-19 han afectado el trabajo periodístico chileno, en los distintos niveles de jerarquías de influencias propuestos por Shoemaker y Reese (2014). Para abordar esta cuestión, se optó por un enfoque cualitativo, exploratorio y descriptivo (Creswell, 2016; Merriam y Tisdell, 2015; Yin, 2014).
Las preguntas de investigación se organizan según los cinco niveles de influencia propuestos por Schoemaker y Reese (2014) (individual, de rutinas, organizacional, extramedial y social). La pregunta general que guía esta investigación es ¿cómo interactuaron los cinco niveles de influencia en el caso de estudio y qué consecuencias a largo plazo gatillaron estos eventos? Además, se propone una pregunta de investigación específica para cada uno de los niveles en cuestión:
• PI.1: ¿Cómo afectaron las condiciones de seguridad personal y salud durante el estallido social y la pandemia de covid-19 a los periodistas chilenos? (nivel individual del modelo de jerarquía de influencias).
• PI.2: ¿De qué manera estas crisis transformaron las rutinas tradicionales de producción de noticias desde el punto de vista de la interacción con las fuentes y verificación de la información? (nivel de rutinas del modelo de jerarquía de influencias).
• PI.3: ¿Cómo respondieron las organizaciones de medios a las necesidades de adaptación impuestas por el estallido social y la pandemia de covid-19 desde el punto de vista de las políticas editoriales y prioridades organizacionales? (nivel organizacional del modelo de jerarquía de influencias).
• PI.4: ¿Cuál fue el impacto de las interacciones de los medios con estructuras extramediáticas, como el Estado, las relaciones públicas y la publicidad, en la cobertura de noticias durante estos eventos? (nivel extramedial del modelo de jerarquía de influencias).
• P.I.5: ¿Cómo influyeron las condiciones sociales más amplias, incluidas, normativas legales y actitudes culturales, en la práctica periodística y en la seguridad de los periodistas durante las crisis mencionadas? (nivel social del modelo de jerarquía de influencias).
Para responder a estas preguntas, se realizaron 50 entrevistas en profundidad semiestructuradas a editores de medios de comunicación chilenos que hubieran trabajado en ese rol durante alguna de las crisis mencionadas. Se eligió esta estrategia por su capacidad para explorar de manera efectiva las historias personales y experiencias de los participantes (Taylor y Bogdan, 1987), así como por proporcionar un marco flexible que permite profundizar en las percepciones y los sentimientos de los individuos, haciendo posible que los investigadores comprendan de forma empática los significados que las personas asignan a sus acciones y a las situaciones que viven (Jankowski y Wester, 1993).
Se determinó entrevistar a personas que ejercieran el rol de editor debido a que la gestión editorial permite, a diferencia de otros roles, tener una visión general del proceso de producción informativa, desde la pauta hasta la publicación final, y a que es, a la vez, la parte que interactúa con todos los involucrados, absorbe y filtra las presiones políticas y económicas, y las redistribuye como influencias organizacionales hacia el periodismo (Hanitzsch et al., 2019). La función editorial es una de las características definitorias del periodismo informativo (Opgenhaffen y Hendrickx, 2024), que lo separa de otros tipos de contenidos (como las relaciones públicas o el llamado periodismo ciudadano) y que funciona como un negociador entre la audiencia, la organización, el periodismo como práctica y la sociedad (Duffy, 2021). Por ello, estudiar el fenómeno de la inseguridad y sus consecuencias desde su perspectiva permite tener una visión más comprehensiva de este.
La muestra se definió a partir de tres criterios (tipo de medio, alcance geográfico —nacional o regional— y la clasificación del medio —tradicional o alternativo—1) y estuvo compuesta por 40 editores de medios tradicionales, distribuidos entre alcance nacional y regional, y 10 de medios alternativos, todos de alcance nacional.
Las entrevistas tuvieron una duración de entre 90 y 120 minutos. Se realizaron de manera remota a través de Zoom. Todos los participantes firmaron un consentimiento informado, mediante el cual el equipo de investigación se comprometía a preservar el anonimato de los entrevistados en todas las fases del estudio. Todas las entrevistas fueron grabadas en audio y transcritas. El análisis de datos se guio por la propuesta de Spiggle (1994), que incluye la categorización de los datos, la identificación de unidades temáticas y la organización de estas a partir del modelo de Shoemaker y Reese (2014). Luego, los datos obtenidos fueron comparados en cada categoría como entre ellas, con el fin de descubrir similitudes y diferencias. Finalmente, la fase de refutación se centró en examinar críticamente las interpretaciones y conclusiones iniciales, buscando deliberadamente evidencias que las contradijeran. La figura 1 sintetiza este proceso.
Figura 1. Etapas del proceso de análisis cualitativo
Fuente: elaboración propia.
Resultados
A continuación, se presentan los principales hallazgos para dar respuesta a cada una de las preguntas de investigación específicas.
Nivel individual: impacto en la seguridad y salud individual de los periodistas
En el nivel individual, los periodistas enfrentaron desafíos muy personales, relacionados con la exposición constante al riesgo físico y las implicaciones psicológicas de trabajar en un contexto de alta incertidumbre. Estos desafíos se manifestaron de diferentes maneras.
Durante el estallido social, los periodistas tuvieron que enfrentar la violencia y las amenazas tanto de los manifestantes como de las fuerzas de seguridad, que los llevó a considerar más cuidadosamente los riesgos y a exigir condiciones mínimas de seguridad en su trabajo. Un editor de prensa nacional comentó:
En el caso del tema del estallido, la violencia era una cuestión supercompleja para los equipos, entonces, los periodistas mismos no querían ir por el riesgo a que les pudiera pasar algo, que les pudieran robar o pudieran salir golpeados.
Asimismo, un editor de prensa regional relató su experiencia traumática:
Todas las noches barricadas e intentos de saqueos, hasta que una noche hubo un enfrentamiento muy largo entre carabineros y los habitantes de esta zona. Yo fui agredido por un manifestante. Yo ni siquiera estaba metido en medio de carabineros o de los pobladores, yo estaba a una distancia para captar el enfrentamiento entre ambos grupos, y recibí una patada en la espalda. Este tipo me intentó robar el teléfono para que no siguiera grabando. Caí [...], quedé todo lleno de sangre, se volvió muy, muy peligroso.
Este caso llevó al medio a reducir la cobertura en zonas donde el riesgo era demasiado alto para la seguridad personal.
Con el paso de los meses, tras el estallido social en Chile, los periodistas ya estaban sumidos en un estado de miedo y agotamiento, situación que se agravó con la llegada de la pandemia de covid-19. Durante la crisis sanitaria, el miedo al contagio se convirtió en una preocupación constante que afectó la disposición de los periodistas para salir a cubrir noticias. Como señaló un editor de prensa regional: "Acá nosotros, claro, inicialmente estábamos con el temor de salir, como todos ante lo desconocido, incertidumbre, de ir a reportear, de contagiarnos". En palabras de un editor de periódico regional:
En el caso de la pandemia, la verdad es que también fue difícil en ocasiones porque veías que la gente a tu alrededor, personas de tu círculo, se veían afectadas. Algunos murieron, algunos se enfermaron, y los periodistas pasaron por lo mismo. Así que tuvimos que abordar los temas con toda esa presión, pero también darles el carácter profesional que requieren las noticias. Así que hubo un esfuerzo por parte del equipo en ambos casos, pero más aún durante la convulsión social.
Este contexto de alta incertidumbre y peligro constante también impactó la salud mental de los periodistas. Muchos de ellos enfrentaron estrés crónico, ansiedad, fatiga y otros problemas de salud mental. Un editor de prensa regional relató: "Yo tuve licencia por depresión, y fue porque estaba haciendo todo". Estas situaciones evidenciaron que el impacto psicológico del contexto no solo afectó el rendimiento y bienestar de los periodistas, sino también su capacidad para mantener la motivación y eficiencia en el trabajo.
Un editor de televisión también describió las dificultades personales de su equipo: "Muchos periodistas enfrentaron las mismas complicaciones que todos los demás experimentaban: depresión, confinamiento, no saber a dónde ir", lo cual llevó a los profesionales a una introspección sobre sus valores personales y experiencias previas. Este periodo de crisis no solo resaltó la importancia de la resiliencia personal y la capacidad de adaptación frente a desafíos sin precedentes, sino que también subrayó la necesidad crítica de un apoyo estructurado para manejar el estrés y la ansiedad acumulados.
Nivel de rutinas: transformación de las rutinas periodísticas
En las rutinas, la preocupación por la seguridad física y el miedo a la infección desempeñaron papeles críticos en la toma de decisiones relacionadas con la cobertura de noticias. En respuesta a estas amenazas, algunos periodistas adoptaron medidas de camuflaje, aumentando el riesgo de ser confundidos con manifestantes o comprometer su integridad profesional. Según un editor de televisión regional:
En cierta forma, trabajamos un poco camuflados, porque la prensa se transformó en el enemigo. en el que está delatando. A nadie le gustaban las cámaras, entonces los equipos tuvieron que hacer adaptaciones, [...] nosotros tuvimos que reemplazar nuestras cinco cámaras por teléfonos celulares que permitían hacer una transmisión en vivo y en directo.
Con la llegada de la pandemia de covid-19, esta situación se complejizó aún más. Las medidas restrictivas impuestas por las autoridades, como las cuarentenas obligatorias y el distanciamiento social, limitaron la capacidad de los periodistas para reportar desde el terreno. "No podíamos entrar en la casa de alguien para entrevistarlo o a los lugares donde usualmente se encontraban las autoridades" (editor, televisión nacional). Como resultado de ambas crisis, la forma de trabajar de los periodistas cambió, impactando la manera de interactuar y colaborar con las fuentes. Las entrevistas presenciales fueron reemplazadas por llamadas telefónicas o conferencias virtuales. Además, comenzó a popularizarse una práctica conocida como cuña selfie (Grassau et al., 2024), en la que las fuentes envían a los medios declaraciones grabadas por ellas mismas en audio o video, sin la mediación directa de un periodista. Aunque surgió como una solución práctica frente a las restricciones de movilidad, esta modalidad terminó reduciendo la posibilidad de realizar contrapreguntas, afectó la verificación directa de la información y fortaleció el control de las fuentes sobre el contenido difundido. En palabras de un editor de prensa nacional:
Al principio, hubo dificultades, principalmente para los periodistas que trabajan de cerca con sus fuentes. Fue desafiante porque hay cosas que la gente te dice cara a cara en un café que no dicen en una llamada de Zoom, ¿sabes? Entonces, muchos de nosotros comenzamos a experimentar esta sensación de que se
Este cambio también implicó importantes desafíos para verificar la autenticidad y precisión de los datos obtenidos a través de canales digitales, ya que la falta de contacto directo dificultaba confirmar la veracidad de la información.
Las autoridades decidieron cuándo, dónde y en qué medida querían hablar sin recibir una contrapregunta a cambio. Al poder redactar mensajes o preparar declaraciones con anticipación, las fuentes podían ejercer un mayor control sobre cómo se presentaban sus respuestas y qué aspectos se destacaban en la cobertura periodística. (editor de un medio en línea)
Nivel organizacional: adaptaciones organizacionales frente a las crisis
A nivel organizacional, la inseguridad llevó a los medios a reconsiderar la presencia de los periodistas en la calle, con el objetivo de proteger la seguridad del personal. En palabras de un editor de televisión de alcance nacional:
Había una preocupación desde el equipo de liderazgo del equipo editorial, una preocupación por decirles que no podían salir a la calle, que no iban a reportear a ras de suelo y que se implementarían condiciones de seguridad para garantizar que la cobertura fuera segura.
Esto fue en especial evidente durante el estallido social cuando la situación de violencia en las calles llevó a una reevaluación interna en los medios sobre cómo garantizar la seguridad del equipo sin comprometer el sentido mismo del periodismo: debían salir a reportear, pero también velar por la seguridad de los periodistas.
A pesar de los esfuerzos por garantizar la seguridad de los reporteros, las condiciones llevaron a las organizaciones a priorizar la cobertura a periodistas hombres, debido a la percepción de que podían enfrentar mejor los riesgos en situaciones de violencia. Según un editor de prensa regional:
Muchos de nuestros periodistas son, no quiero que el comentario suene machista ni nada, pero, son mujeres y tenían miedo de ir a una turba que podían ser, podían salir. y de hecho hubo una a la que atacaron. A una de ellas la atacaron, le tiraron por la espalda una lata con cerveza y la identificaron delante de un grupo, entonces, la verdad es que sí, había temor, había temor, había prohibición para algunas personas de ir a cubrir los medios.
Esta decisión terminó intensificando las desigualdades preexistentes, generando un entorno laboral aún más complicado para las mujeres periodistas.
Por otra parte, la crisis también aceleró la digitalización de las redacciones, impulsando una reevaluación de la producción de noticias. Se adoptaron nuevos protocolos para el trabajo remoto, la gestión de equipos a distancia y el uso de herramientas digitales para la edición y publicación de contenidos. En palabras de un editor de un medio digital:
La pandemia nos forzó a ser más ágiles y a utilizar tecnologías que, aunque ya estaban disponibles, no habíamos integrado completamente en nuestras rutinas diarias. Ahora, la producción de noticias es más flexible, pero también enfrentamos el desafío de mantener la cohesión del equipo y la calidad del trabajo en un entorno predominantemente virtual.
Estas adaptaciones no solo reflejaron un cambio en las herramientas y los métodos utilizados por los periodistas, sino también un cambio en la percepción de lo que constituye una práctica periodística. A medida que las redacciones se adaptaron a estas nuevas condiciones, surgían nuevas reflexiones y prácticas respecto de las rutinas y el desarrollo de las noticas.
Nivel extramedial: interacciones extramediales y su influencia en la cobertura
En este contexto de incertidumbre y falta de confianza, además, se dio una lucha por la legitimidad y el acceso a la información entre el sistema de medios y el político. En un comienzo, los medios se encontraron en una posición delicada, intentando equilibrar la necesidad de informar sobre las demandas y protestas, mientras navegaban por las restricciones y narrativas impuestas por las autoridades gubernamentales. Por ejemplo, un editor de un medio en línea expresó:
En el clima del estallido social, encontramos una resistencia significativa por parte de las autoridades para compartir información de manera transparente, lo que nos obligó a buscar estrategias alternativas para verificar los hechos y presentar una narrativa equilibrada.
Con la llegada de la pandemia de covid-19, esta situación se agravó, ya que los medios de comunicación pasaron a depender principalmente de las fuentes oficiales para obtener información sobre el covid-19. Esto evidenció una relación asimétrica entre los medios, Estado y otras entidades, como el sector salud. Un editor de medio digital comentó:
En la pandemia, salíamos a reportear, pero dadas las exposiciones solo lo hacíamos con las autoridades, especialmente con las autoridades sanitarias o con el alcalde o con la gobernadora en ese entonces, o delegada presidencial, que es ahora. Pero con las autoridades sanitarias principalmente.
Además, la interacción con las industrias de relaciones públicas y publicidad también desempeñó un papel importante durante estos periodos. La crisis económica derivada de la pandemia de covid-19 afectó los ingresos publicitarios, presionando a los medios para adaptar sus estrategias de contenido. Un director de un periódico regional mencionó:
Tuvimos que equilibrar nuestra misión periodística con la necesidad de sobrevivir económicamente, lo que en algunos casos significó aceptar contenido patrocinado que de otra manera habríamos evaluado más críticamente.
Estas experiencias subrayan cómo tanto durante el estallido social como en la pandemia de covid-19 las interacciones entre el periodismo y estructuras más amplias, como el Estado, las relaciones públicas y la publicidad, modelaron la producción de noticias en Chile. Durante este periodo, los medios, en su búsqueda de mantener la integridad periodística, legitimidad y rentabilidad, debieron encontrar soluciones tanto a nivel organizacional como en las rutinas para hacer frente a presiones políticas y económicas, a la vez que cuidaban la seguridad de sus periodistas.
Nivel social: impacto social en la seguridad periodística
A nivel social, la percepción negativa hacia los medios afectó la labor periodística durante las crisis. Durante el estallido social, los manifestantes percibían a los periodistas y a muchos medios como enemigos de su causa. En palabras de un editor de televisión de alcance nacional:
Durante el estallido, por ejemplo, los canales se convirtieron en objetivos de protesta y violencia en algún momento... Terminamos con fuerzas públicas y personal militar guardándonos, rodeándonos con personal armado fuera del canal.
Mientras otro editor de un periódico nacional afirmó: "Ser periodista en ese momento, desde un medio tradicional, se volvió algo peligroso". Esto se debió, en gran medida, a la idea de que los medios estaban representando los intereses del empresariado, un grupo de poder que era cuestionado durante las movilizaciones sociales.
Además, en un principio, las entrevistas dan cuenta de que algunos medios realizaron coberturas inadecuadas, en parte, debido a la incertidumbre y la presión por reportar en tiempo real. Todo esto contribuyó a reforzar la idea de que los medios no estaban con el movimiento o con la verdad. Como relata un editor de radio nacional:
En el estallido, a cada momento había que estar tomando decisiones, en el momento más álgido. Pasó que un medio publicó sobre [...] y era falso, pero, incluso, ciertas autoridades competentes cayeron en eso.
Esta percepción alimentó consignas históricas como "los medios mienten", ya que las audiencias percibían que el periodismo no estaba cumpliendo con su deber de informar sobre lo que realmente estaba ocurriendo. Como menciona un editor de prensa:
La asociación que se hizo era que somos parte de la cadena de un gran medio, entonces, se creó la relación: [el dueño, un empresario], [el gran medio], si el [gran medio] miente, entonces [nuestro medio] también miente. Ese es el juego, ¿entiendes?
Cuando llegó la pandemia de covid-19, sus efectos se superpusieron a un contexto ya alterado por el estallido social. Las secuelas del conflicto seguían latentes: los periodistas continuaban lidiando con lo que supuso este evento tanto a nivel emocional como físico, el clima hacia la prensa seguía siendo tenso y muchas rutinas de trabajo estaban aún en proceso de reorganización. En ese escenario, en el que la emergencia sanitaria profundizó los desafíos ya existentes, los medios participaron activamente junto con el Gobierno en la campaña de vacunación, lo que, si bien reforzó su rol público, también acentuó la desconfianza de ciertos sectores, en especial los antivacunas, que los percibían como cómplices del aparato estatal y responsables de ocultar información. Un editor de radio regional comentó:
De hecho, me funaron hasta en las redes sociales. Fue una agrupación antivacunas que quería una declaración sobre un supuesto chip que, según ellos, nos estaban inyectando para controlarnos.
Todo esto no solo dificultó el trabajo de los periodistas, sino que también incrementó el riesgo para ellos, quienes eran vistos como parte del sistema que se estaba cuestionando. Según un editor de prensa regional:
Muchas veces, muchos colegas fueron sacados del lugar, los funaban, los señalaban, decían "estos son de los medios" o "pertenecen a un medio de comunicación", y nos acusaban de mentir. Claramente, uno tenía que tomar mayores precauciones al ir a un lugar a informar porque la integridad física estaba en riesgo.
La figura 2 presenta un modelo simplificado que permite visualizar cómo ambas crisis (el estallido social de 2019 y la pandemia de covid-19), en el nivel social, profundizaron la desconfianza hacia los medios, transformándola en una hostilidad abierta. Asimismo, generaron un contexto de incertidumbre y restricciones a la movilidad que, en las influencias extramediales, implicó un empoderamiento de las fuentes tanto oficiales como comerciales. En el nivel organizacional, los medios se vieron exigidos a sostener una cobertura constante y proyectar independencia editorial en medio de un entorno adverso. En este mismo nivel, frente a las amenazas físicas y sanitarias, respondieron mediante la adopción de nuevas tecnologías y la implementación de medidas para resguardar la seguridad de sus equipos. Estas transformaciones impactaron directamente las rutinas periodísticas: se consolidó el trabajo a distancia, se establecieron protocolos de protección y aumentaron las presiones por verificar información en condiciones de acceso restringido. Por último, en el nivel individual, el ambiente hostil tuvo un efecto psicológico sobre los periodistas, generando altos niveles de estrés laboral y temor al entorno. No obstante, también emergieron estrategias de adaptación y resiliencia que permitieron sostener el ejercicio profesional, incluso, en condiciones adversas.
Figura 2. Niveles de impacto de la inseguridad en el periodismo según el modelo de jerarquía de influencias
Fuente: elaboración propia con base en el modelo de Shoemaker y Reese (2014).
Discusión y reflexión
En general, la inseguridad en el periodismo ha sido estudiada frecuentemente a partir de cómo ciertos ámbitos de esta (inseguridad física, psicológica, financiera, etc.) inciden en el ejercicio del periodista o en la calidad de la información (Kim y Shin, 2025; Matthews y Onyemaobi, 2020). Sin embargo, cuando ocurren crisis en las que la incertidumbre y los riesgos son amplios y afectan la cobertura periodística de manera integral, es necesario adoptar una visión más general.
Esta investigación muestra cómo la inseguridad en el periodismo chileno durante el estallido social de 2019 y la pandemia de covid-19 afectó simultáneamente múltiples niveles de influencia, según el modelo jerárquico de Shoemaker y Reese (2014). A nivel individual, la exposición constante a contextos de riesgo, como las agresiones durante el estallido social o el temor al contagio en la pandemia de covid-19, generó impactos profundos y duraderos en la seguridad física y psicológica de los periodistas. Estos escenarios de alta incertidumbre, sumados a una creciente hostilidad social hacia la prensa, afectaron directamente su motivación, salud mental y disposición para cubrir ciertos temas. Los testimonios recogidos muestran que muchos profesionales enfrentaron ansiedad, estrés crónico e, incluso, depresión, lo que llevó a algunos a evitar coberturas consideradas peligrosas o polémicas. A pesar de la disminución de los escenarios de mayor riesgo, las estrategias adoptadas en ese contexto, como mayor cautela, selectividad temática o menor presencia en terreno, se han integrado en el ejercicio profesional como formas adaptativas que priorizan el resguardo personal.
En las rutinas, la inseguridad física durante ambas crisis llevó a los periodistas a reconfigurar sus métodos de trabajo para reducir la exposición a riesgos. Se adoptaron estrategias, como el uso de equipos de grabación más discretos, la limitación de salidas a terreno y el reemplazo de entrevistas presenciales por llamadas o videollamadas. Estas decisiones, que en un comienzo surgieron como respuestas a situaciones excepcionales, con el tiempo no solo dejaron de ser medidas temporales, sino que, al integrarse como parte habitual del ejercicio periodístico, produjeron efectos a largo plazo en la relación con las fuentes: se redujo la espontaneidad del contacto, se dificultó la verificación directa de los hechos y se consolidó una mayor mediación institucional en el acceso a la información.
A nivel organizacional, tanto el estallido social de 2019 como la pandemia de covid-19 impulsaron transformaciones estructurales en los medios, para proteger al personal y asegurar la continuidad operativa. Las decisiones editoriales comenzaron a incorporar criterios de seguridad como parte regular de la planificación informativa, lo que implicó la implementación de protocolos de seguridad y sanitarios. Paralelamente, el proceso de digitalización en las redacciones, que había comenzado durante el estallido social como respuesta a las restricciones de movimiento y a la necesidad de mantener a parte del equipo trabajando de forma remota, se vio acelerado por la pandemia de covid-19. Estas crisis no solo profundizaron la adopción de herramientas digitales para sostener la producción informativa, sino que también redefinieron de manera estructural el funcionamiento interno de los medios. El trabajo remoto, la edición en línea y la coordinación a distancia, implementados inicialmente como medidas de emergencia, terminaron por consolidarse como formas estables de organización que persisten hasta hoy.
A nivel extramedial, las relaciones con actores externos, en especial, instituciones gubernamentales y agentes de relaciones públicas, se tornaron más restrictivas durante las crisis. En este escenario de limitaciones y creciente adopción tecnológica, se redujeron las instancias de contacto directo entre periodistas y fuentes, lo que obligó a reconfigurar las dinámicas de obtención de información. Para ello, se implementaron nuevas formas de interacción, siendo el envío de respuestas grabadas, conocidas como cuña selfie, una de las soluciones más utilizadas. Esta práctica, que persiste hasta la actualidad, no solo ha permitido a las fuentes planificar con mayor anticipación y emitir declaraciones editadas sin posibilidad de contrapregunta, sino que también ha limitado la autonomía periodística y ha restringido la capacidad de verificación de la información.
A nivel social, las crisis del estallido social de 2019 y la pandemia de covid-19 profundizaron un proceso de deslegitimación del periodismo que ya venía gestándose en la opinión pública. Durante el estallido, sectores de la ciudadanía percibieron a los medios como parte de las élites cuestionadas, lo que se tradujo en un clima de desconfianza generalizada, manifestaciones de rechazo y, en muchos casos, agresiones directas hacia periodistas. Esta hostilidad no solo se expresó en lo físico, sino también en el plano simbólico, bajo consignas como "los medios mienten" o acusaciones de falta de objetividad, parcialidad y encubrimiento de información. Aunque la pandemia de covid-19 trajo consigo un repunte momentáneo en la confianza hacia los medios, gracias a su rol informativo en un contexto de alta incertidumbre, esa legitimidad fue frágil. La colaboración sostenida con el Gobierno durante ese periodo terminó reforzando, en ciertos sectores, la idea de que los medios actuaban como voceros oficiales más que como agentes independientes. Como resultado, la desconfianza no solo se mantuvo, sino que se consolidó como un rasgo persistente del entorno mediático, afectando la credibilidad del periodismo y su vínculo con las audiencias.
El caso chileno muestra que la inseguridad en el periodismo es un fenómeno complejo y multifacético, que no solo afecta a múltiples niveles jerárquicos de manera simultánea e interrelacionada, sino que también se experimenta de forma diferenciada según el tipo de periodistas involucrados, siendo más grave en mujeres, quienes enfrentan formas de violencia específicas asociadas al género. Los cambios en un nivel inevitablemente tienen repercusiones en los demás, lo que hace imposible analizar uno sin considerar los efectos en los otros. Además, en este caso, pudo observarse cómo diferentes tipos de inseguridad se manifiestan con mayor fuerza en distintos niveles: los riesgos físicos y psicológicos, aunque presentes en todos los niveles, se evidencian principalmente en el nivel individual y en el de rutinas. En cambio, la inseguridad financiera es más notable en el nivel extramedial, mientras la inseguridad tecnológica se manifiesta claramente en los niveles organizacional y de las rutinas.
Para finalizar, si bien este estudio tiene limitaciones propias de su enfoque cualitativo y exploratorio, como la no generalización de los resultados y el hecho de haberse centrado en editores, su análisis permite entender múltiples dimensiones de la inseguridad periodística en atención a los elementos y su relación con los distintos niveles del sistema. Esta comprensión no solo constituye un paso necesario para documentar lo ocurrido durante las crisis, sino también para diseñar soluciones específicas para cada nivel, considerando los distintos tipos de inseguridad propuestos por la Unesco (2018), Rick y Hanitzsch (2023) y Slavcheva-Petkova et al. (2023). En ese sentido, es necesario continuar desarrollando e investigando medidas concretas que aborden estos riesgos de forma integral, con el fin de fortalecer la seguridad física y psicológica de los profesionales de la información, así como la autonomía financiera y tecnológica del periodismo.
Financiación
Este artículo fue financiado por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID) de Chile, a partir de los proyectos Fondecyt Regular #1210423, Fondecyt Regular # 1251724, y Núcleo Milenio para el Estudio de la Política, Opinión Pública y Medios en Chile -MEPOP- (NCS2024_007).
Declaración de ética y consentimiento
Fecha: 10-4-2021. Ciudad y país: Santiago, Chile. Código: 200625034. Comité: Comité de Ciencias Sociales, Artes y Humanidades.
Notas
1 Se dio especial importancia a los medios alternativos, por su contribución a temas y la marcada diferencia que tienen en cuanto a los modelos de financiamiento.
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